Muchas veces se habla de ella, pero una cos distinta es vivirla.
Si hay algo que todos los seres humanos tenemos claro, casi desde que tenemos uso de razón, es que la muerte no solo es inevitable, sino que tarde o temprano nos llega a todos. Es ley de vida y, como tal, tenemos que aprender a convivir con esa idea desde pequeños. Nadie puede decir que le guste, pero todos sabemos que forma parte del camino.
Esa es la muerte natural. Pero hay otra muerte menos visible, menos hablada y, en muchos casos, más dura: la muerte civil.
¿En qué consiste? Empieza el día que entras en prisión. A partir de ese momento comienza algo que va mucho más allá de cumplir una condena. Empieza el estigma. Empieza el apartamiento del entorno social y laboral al que pertenecías. Empieza la ruptura con la vida familiar tal y como la conocías. Hay un antes y un después muy claro entre el día que entras y el día que sales, pero también lo hay después, cuando intentas volver a encajar en una sociedad que ha seguido adelante sin ti.
Eso es lo que muchos sentimos como muerte civil. Sigues vivo, respiras, hablas, caminas, pero de alguna manera dejas de existir para una parte del mundo. Sales y te das cuenta de que todo sigue igual para los demás, pero no para ti. Y que lo peor no es lo que pasa dentro, sino lo que viene después.
Cuando intentas volver al mercado laboral y a la vida social es cuando lo notas de verdad. Entonces aparece una pregunta que cada uno debería hacerse en silencio, con sinceridad:
¿Contratarías a alguien que ha estado en prisión sin preguntar por qué?
¿Y aun sabiéndolo confiarías en él?
Habrá quien diga que sí, y seguro que alguno lo hará de verdad. Pero siendo honestos, la mayoría tendría dudas. Yo mismo las tendría si estuviera al otro lado. Dependería del delito, de la edad, de las circunstancias, de lo que transmite la persona. Eso es así, aunque no nos guste reconocerlo.
Hagamos el ejercicio. Llama alguien a tu puerta buscando trabajo. Le preguntas cuál fue su último empleo y por qué lo dejó. Si te miente y luego te enteras, ya hay una falta de confianza difícil de recuperar. Si te lo dice desde el principio, probablemente te lo pensarás dos veces. Y si te enteras por otro lado, pensarás que te ha fallado y que era previsible porque estuvo en prisión. Da igual lo que se haga: siempre será igual.
Eso es algo que muchos descubrimos al salir. Te enfrentas a entrevistas donde sabes que hay una parte de ti que no puedes ocultar y otra que tampoco puedes explicar del todo. Cada pregunta pesa más de lo normal. Cada silencio se alarga. Cada mirada se interpreta. Y en muchas ocasiones la conversación termina con un “ya te llamaremos” que sabes que no llegará.
Además, no hay que olvidar que hoy en día muchas empresas piden el certificado de antecedentes penales antes de contratar. En algunos trabajos es obligatorio. Eso hace que el filtro empiece incluso antes de conocerte. Antes de que puedan ver cómo trabajas, cómo hablas o cómo te comportas.
La Constitución Española y las leyes hablan de reinserción social y reeducación como finalidad de la pena, eso está muy bien sobre el papel, pero en la práctica muchos nos preguntamos si la sociedad está realmente preparada para reinsertarnos o si todo queda en una declaración de intenciones, porque reinsertarse no es solo querer hacerlo, también hace falta que te dejen.
Otra cosa que pesa mucho es la desconfianza social, a veces no es abierta ni directa, a veces es más sutil: silencios incómodos, distancias que antes no existían, relaciones que se enfrían sin explicación. Hay amigos que desaparecen sin decir nada. Otros siguen, pero ya no es igual. La familia, muchas veces, es la que aguanta el golpe más fuerte.
Porque si algo duele de verdad es ver cómo pagan otros por lo que tú has hecho o por lo que dicen que hiciste, padres que envejecen más deprisa, parejas que cargan con todo, hijos que crecen sin entender del todo lo que pasa. Ellos viven su propia condena sin haber hecho nada.
También está el tema de la presunción de inocencia: en teoría es una base fundamental de cualquier Estado de derecho como el nuestro, en la práctica, no siempre se siente así.
Puedes pasar hasta dos años en prisión provisional, prorrogables a cuatro. Durante ese tiempo eres “presunto”, pero vives como culpable y si luego llega la absolución, la vida no vuelve al punto de partida.
Puede haber una indemnización si la peleas y si puedes permitirte reclamarla, pero no hay reparación social nadie te devuelve el tiempo perdido ni borra las miradas de sospecha. Tendrás que explicar una y otra vez que estuviste en prisión, que te absolvieron, que eras inocente y aun así, muchos se quedarán con la primera versión.
Además, aunque no tengas antecedentes penales, sí tendrás antecedentes policiales y judiciales, que esos no desaparecen fácilmente de la memoria de los sistemas ni de la gente. Y si con los años vuelves a entrar en prisión, recuperarás el mismo NIS. A efectos prácticos, parecerás reincidente hasta que vuelvas a explicar tu historia desde cero.
Por todo eso, muchos sentimos que cuando entras en prisión mueres civilmente y resucitar no es imposible, pero sí muy difícil: requiere tiempo, paciencia y muchas veces suerte, requiere demostrar constantemente que eres algo más que tu peor momento.
Con el tiempo también aprendes a ver las cosas de otra manera, aprendes a aceptar que no todo depende de ti y que no todo el mundo va a entenderte, aprendes a valorar a quien se queda y a soltar a quien se va, aprendes a empezar desde abajo sin esperar aplausos.
Este texto no pretende dar lecciones ni victimizar a nadie. Solo intenta contar algo que muchos hemos vivido o estamos viviendo. Cada historia es distinta, cada condena es distinta y cada persona también lo es, pero las sensaciones se repiten.
Y quizá lo más importante es no olvidar que, aunque la sociedad a veces te mire de lejos, sigues siendo una persona, sigues teniendo derecho a equivocarte, a cambiar, a reconstruirte y a seguir adelante.
Porque al final, detrás de cada expediente, de cada número y de cada etiqueta, hay alguien que podría ser cualquiera.
Eduardo F.

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