La Covid 19 y la cárcel

Ecosde_AdminPor Ecosde_Admin|14 de mayo de 2026|2 min de lectura
La Covid 19 y la cárcel

Lo que sienten los internos que vivieron el confinamiento

No, no es lo mismo

Se acaban de cumplir seis años del confinamiento por la COVID-19. Durante mucho tiempo, quienes estábamos privados de libertad tuvimos que escuchar una frase repetida hasta el cansancio: “Yo sé lo que es estar encerrado. Lo pasé muy mal durante la pandemia”.

Lo decían visitantes bienintencionados, familiares, conocidos. Hablaban del agobio de no poder salir de casa, de no poder ir a un bar, de no poder ver a los suyos. Y uno tenía que escucharlo en silencio, conteniéndose para no responder que aquello no tenía nada que ver.

Porque estar en prisión significa pasar más de quince horas al día encerrado —literalmente— en una celda de cuatro por dos metros compartida con otra persona. Sin poder llamar cuando quieres, sin conexión a internet y, en el mejor de los casos, con una televisión que durante aquellos meses retransmitía cada tarde los aplausos de las ocho: primero como símbolo de fortaleza colectiva, después como gesto de solidaridad y, para algunos, más tarde como protesta frente a un encierro que incluso se discutiría en términos jurídicos.

Pero hay algo más difícil de explicar que el encierro físico: la sensación de ser observado. Quien visita una cárcel, por buena voluntad que tenga, quiere verlo todo: el módulo, la celda, la enfermería, la cocina. Curiosidad, interés, morbo; todo mezclado. Y al salir casi siempre dicen lo mismo: “Hoy salgo convencido de que he aprendido más yo de vosotros que lo que os he aportado”.

Y se van tranquilos.

Lo que rara vez perciben es lo que se siente al ser mirado en tu propio espacio. A veces uno se siente como un animal en un zoo. La mirada ajena mezcla curiosidad y distancia. Y tú reprimes lo que piensas, sonríes, das las gracias y enseñas tu vida como si no fuera tu intimidad la que está siendo expuesta.

No lo digo desde el desprecio ni desde la ingratitud. Pero visitar la precariedad ajena también exige conciencia. Porque hay algo profundamente incómodo en convertir la realidad de otros en experiencia pedagógica propia.

Sí, yo también estuve “encerrado” durante el confinamiento.
Y precisamente por eso sé que no es lo mismo.


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